Esta semana he estado ordenando mi habitación.
Bueno, de hecho he estado haciendo lo que va justo antes de ordenar la habitación, es decir, tirando cosas, muchas cosas.
Reconozco que en materia de organización soy lo más parecido que existe a una urraca con síndrome bipolar, me paso años recogiendo todo lo que veo, lo amontono de cualquier manera y luego –así, sin demasiado motivo desencadenante- me pongo a desechar cosas con un entusiasmo sólo comparable a mi anterior ímpetu acaparador.
La cuestión es que el otro día me acordé de algo que me pasó en mi último “periodo de limpieza”. Recuerdo que estaba frente a un container cuando me asaltó un tipo con pinta de buena persona, así un poco cumba, disparado por el horror de lo que estaba viendo.
Un sujeto –que resultaba ser yo, mira tu por donde- estaba ¡TIRANDO LIBROS! No entiendo qué me pasó, debía tener un día políticamente incorrecto o algo así, de forma que en vez de sumarme a la estupefacción del buen hombre me puse a la defensiva. “¿Qué hay de malo en tirar libros?” “Los libros son cultura”-me respondió el barbudo- “y si tiras libros estás maltratando la cultura”. Recuerdo que, fascinado por aquella respuesta, deposité en sus sorprendidos brazos un manual anticuado de química en alemán, una novela en francés simplificado para principiantes –siempre me ha parecido una aberración este tipo de inventos, pero vete tú a saber por qué yo me lo había encontrado en mi habitación- y un libro de ciencia ficción cutre (Shadowrun, ¡argh!) que ni en mis mejores tiempos de adolescente devorador de papel había conseguido terminar.
No tengo ni idea de si se los habrá leído, la verdad es que no creo. La cuestión es que tirar un libro me parece mucho menor “pecado” que no leerlo nunca. Pero ni idea de por qué, a la gente le suele parecer más grave reciclar el continente que no beberse el contenido.