A J le dijeron que se labrase un futuro.
Los padres de J eran gente de clase media, pudieron ayudarle dándole una azada y ropas de abrigo para el invierno. También le habían ayudado a aprender los idiomas de gran parte de los animales que moraban el mismo mundo.
J recuerda aún el primer día en que se puso a mirar los campos, pensando en cual sería idóneo para labrar. Había campos bonitos, estéticos, hierba verde posada sobre colinas moteadas por alguna planta silvestre. Otros le dijeron que aquellos campos no eran fértiles a largo plazo, no eran productivos. J no tenía ni idea de cómo era la tarea de labrador, así que se lo creyó. Así que J preguntó por cualquier campo productivo, preguntó sin importarle demasiado las advertencias, ni las vaguedades, ni el tono de la respuesta.
Tras un largo periodo de dudas, J se dispuso a labrar un campo que le había recomendado una serie de personas aparentemente respetables. Al llegar a los lindes del claro, delimitados por una verja que no le costó demasiado saltar, se encontró con un suelo pedregoso, color ceniza, no estaba muy convencido de cuales eran las posibilidades de labrar algo allí, con aquellas piedras, con aquel campo. La gente a su alrededor parecía, en cambio, muy convencida. J dejó caer su azada en aquel suelo gris, esperando ver como las piedras se desmenuzaban mágicamente, o algo por el estilo. No era el caso. Mirando a su alrededor vio como los demás aprendices de labrador estaban probando las tácticas más peregrinas para abrirse paso, aunque fuese sólo unos centímetros. Desde cavar día y noche con una cucharilla a solicitar la ayuda de maestros artesanos que confeccionaban herramientas especiales para cada piedra, pasando por cosas tan extrañas como arar con cartuchos de dinamita o imitar con precisión los movimientos de otros. J estuvo un tiempo rondando aquel campo, calibrando con su azada, desmenuzando alguna piedra… Definitivamente, aquello no era lo suyo.
J se fue a otro campo. No le esperaría un grato hoyo en aquel lugar, pero al menos no había perdido demasiado el tiempo.
Otro campo. ¿Y ahora cual? No dudaba en las posibilidades para la minería del emplazamiento anterior, pero no veía muy claro que su futuro como labrador se encontrase en algún lugar similar. Volvió a pensar en aquellas praderas del principio, tapizadas de verde y con una tierra que casi se podía desmenuzar con la mano. Pero no, seguro que si plantaba algo allí la primera riada se lo llevaba. Un poco a le desesperada encontró una planicie de tierra firme, dura como la piedra, pero al menos tierra. Allí tal vez creciese algo. La gente parecía más dispuesta a colaborar, entre unos cuantos empezaron a cavar un hoyo relativamente respetable, en busca de agua. Estuvieron mucho tiempo cavando, algunos se quedaron más arriba, otros más abajo. De vez en cuando se encontraban con un estrato de piedra caliza y había que hacer grandes esfuerzos para avanzar. En algún momento buena parte de ellos pensó que nunca llegarían abajo, aunque objetivamente podían escuchar el fluir de un caudal subterráneo. Cuanto más bajaban, más se extendían rumores de que en el fondo del todo había animales peligros, quizá incluso bestias mitológicas. Se decía que en otros pozos algunos maestros poceros se habían vuelto carnívoros y se estaban comiendo a los aprendices.
Finalmente, algunos de los compañeros de J encontraron el agua. Las reacciones que nuestro protagonista observó resultaron de lo más variopinto. Unos siguieron cavando, como unos posesos, por la mera inercia de seguir cavando. Otos se bebieron el líquido a largos tragos, subieron a la superficie y se quedaron allí tumbados. Alguno subió y cogió una azada.
J tardó bastante más en seguir. Cuando estaba a punto de llegar, uno de los maestros poceros le dijo que a partir de aquel mismo momento era necesario llevar casco. J contestó que sólo le quedaban un par de metros de túnel, no hacía falta. Le dijeron que sin casco no podía seguir. Esperó al dichoso casco. Más tarde, cuando ya estaba a solo un metro, le dijeron que el casco no estaba homologado. Que necesitaba uno con una luz de emergencia que se importaba desde Corea. J oía los pasos de sus amigos que subían y las azadas de los que bajaban. Otros como él se quejaban inútilmente al maestro pocero de mayor rango, pero aparentemente no había nada que hacer. Se quedaron allí sentados, casi al final del dichoso pozo, parecía que para una buena temporada. En algún momento de aquella espera J tuvo ganas de obligar al capataz a que se tragara todos sus dichosos cascos, uno por uno. Y cuando terminase ir a Corea y pedir más.
También durante la espera J recordó que aquel pozo era sólo para el agua. Luego habría que labrarse el dichoso futuro. Y después, lo que muchos habían olvidado, plantar algo que mereciese la pena.